martes, 11 de diciembre de 2007

Análisis electoral


Lo que la elección nos dejó

La del 28 de octubre no fue una elección más, sino que tuvo rasgos particulares. No sólo fue una lucha entre dos mujeres, también fue el final del bipartidismo.

Después de una elección totalmente atomizada en el 2003, esta vez los votos volvieron a concentrarse, pero en vez del clásico bipartidismo argentino, se distribuyeron la mitad para la ganadora y hoy presidente, y la otra, se repartió entre Carrió, Lavagna y los demás en la lista.

No se habló de radicales y peronistas. De hecho, los primeros no estuvieron presentes como partido. Sus candidatos se presentaron por el ARI una, por RECREAR, el otro, cómo ya había sucedido en el 2003. Roberto Lavagna, quien se declara peronista hizo una alianza con los que quedaron, y el resto apoyaron la lista de Cristina y Cobos.

Por el lado del peronismo, Rodríguez Saa encarnó la versión ligada al neoliberalismo, y se autodeclaró el auténtico peronista.

El campo y la ciudad
En la era del bipartidismo la distribución territorial del voto no era uniforme pero sí relativamente pareja. El cataclismo de 2003 puso patas arriba la tendencia.

Si bien esta elección tuvo muchos condimentos nuevos, otros no tanto. El voto se distribuyó de acuerdo a los sectores sociales. La oposición se hizo fuerte en las grandes urbes, allí donde tiene mayor peso la clase media.

Pese a que el kirchnerismo empezó enamorando a la clase media, que se ha recuperado en esta gestión, con gestos dirigidos a recuperar valores y mejorar la calidad institucional, como lo fue la renovación de la Corte Suprema, luego comenzó un divorcio cada vez más enconado que culminó con derrotas en grandes distritos -Córdoba, Capital, Rosario-.

Otra cuestión a tener en cuenta es que una porción del peronismo ha emigrado. Está representado en el 10% que logró reunir Alberto Rodríguez Saá. Ese hueco pareció ser cubierto por votantes de centroizquierda, del radicalismo -un ejemplo es la ventaja que obtuvo en Mendoza, la tierra de Julio Cobos- y una mínima representación de independientes. Pero la verdadera fuerza del triunfo de Cristina quedó afincada en el voto peronista, en el voto del interior más alejado de las urbes.

Si en términos territoriales Cristina debe su triunfo al voto del país interior, de los pueblos y pequeñas y medianas ciudades, en términos sociales -en consonancia con ese perfil de preferencia geográfica- se lo debe mayoritariamente a la opción de los sectores pobres y medios menos favorecidos.

Ser segundos no está mal
Con una elección cantada por las encuestas, la única aspiración de las fuerzas opositoras fue la pelea por el segundo lugar y el ballotage. Carrió, Lavagna, y con el mismo entusiasmo pero con menos posibilidades Alberto Rodríguez Saá, se anotaron en esa carrera.

En el caso de la izquierda ésta será probablemente la peor elección desde el 2001. Hasta la aparición de la candidatura de Pino Solanas no conseguía insertarse en el nuevo escenario que comienza a delinearse.

Una elección única

El valor de este día lo dará la historia, pero el calendario quedará marcado: por primera vez tres mujeres se presentaron como candidatas a la presidencia.

Con los partidos pulverizados y retazos del radicalismo y del peronismo distribuidos por doquier, un personalismo rampante y las identidades políticas en crisis, pasó una elección que no fue una más.

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